Comunidad

Monitorizando historias: Un poeta en el mundo tecnológico

noviembre 29, 2019

Monitorizando historias: Un poeta en el mundo tecnológico

Monitorizando historias 1

Tomaos vuestro tiempo para escrutar la foto. De arriba a abajo. Es la foto oficial de mi Confirmación, así que mientras le echais un ojo podéis hacer chistes con lo estrafalarios que resultan nuestros peinados de principios de los dos mil. Quizá incluso reparéis en las chicas de primera fila. Se intercalan por el color de sus vestidos como si de capas de un pastel de fresa y lima se tratara. A día de hoy no sé si aquello fue pactado.

Pero, ¿y yo? ¿Quién de todos ellos soy? Mi madre diría: “Es evidente, el más guapo”. Mi padre: “Es evidente, el que ha heredado mis orejas”. Pero no voy a dar más pistas. Al final saldremos de dudas rodeándome con un círculo revelador.

Mi historia no comienza en mi Confirmación. De hecho, con ella acaban muchas cosas: mis andanzas religiosas, mi manía de meter la cabeza en un mortero de gomina antes de salir de casa y mis ganas de afeitarme. Pero justo por aquel tiempo sí empezó a hacerme cosquillas en la nuca la posibilidad de largarme del pueblo, bien lejos. Los Desamparados, pueblito situado al fondo del Valle del Segura, CasiMurcia, es encantador. Cada uno de sus aldeanos y cada una de sus variedades de alcachofa merecen un beso en la frente. Pero yo comenzaba a estar harto del cacareo de las gallinas y del cacareo de los vecinos, y pronto ese cosquilleo en la nuca se convirtió en una total ansiedad por pirarme de allí antes de que se impregnara del todo mi alma con el acento de la zona y con esa extraña cualidad que tiene la gente de pueblo de hacerse mayor, de repente, ya en la adolescencia. “Parece que va a llover” o “empiezan a acortar los días” eran frases tan típicas de los ancianos que acababan de salir de misa como de los teenagers con la Derbi Variant de tubo de escape recortado que se apostaban, a cientos, abrazados a sus novias en los bancos del parque.

Y lo conseguí. Tras un par de años estudiando periodismo en la Universidad Miguel Hernández de Elche, convencí a mi padre para que me dejara intentarlo más lejos. Me pillé el primer autobús que tardaba 12 horas en llegar a Bilbao y allí acabé la carrera, en el exótico País Vasco, rodeado de los árboles de hoja caduca, los pintxos y los punkys con los que había soñado en mi adolescencia.

Pero no tuve bastante, y como la otra opción era volver a casa, me dirigí al sur, muy al sur, justo a la otra punta de España, e hice mis pinitos por Málaga. Y luego, con la pregunta en la cabeza de “¿conseguiría alguien como yo sobrevivir en el extranjero?” me fui a vivir una temporada a Londres. Y bueno, fui el mejor recogedor de vasos a esta orilla del Támesis -más de 30 pintas en una mano en mis buenos tiempos-. Pero vaya, es verdad que casi no sobrevivo a la ciudad. El estrés constante de los londinenses y la incapacidad para defenderme del todo en el idioma me hicieron polvo los nervios y empecé a tener horribles terrores nocturnos y a perder pelo en la barba. Alopecia areata, la tiña de los estresados, el trasquilón de los desequilibrados…

Así que al año tuve que salir de Londres. Con todo el dinero ahorrado podía hacer dos cosas: dilapidarlo o buscar una nueva ciudad, tan animada y llena de oportunidades como Londres, pero en la que pudiera defenderme con mi mejor don: la ironía a través del rico castellano.

Y llegué a Madrid. No se me ocurría lugar mejor. Sabina, Rosendo, Torrente, Paco Gimeno, los chicos de Barrio o de Gente pez, todos, eran de allí. Y la atmósfera decadente y urbanita que los rodeaba me fascinaba. Además que mi hermano mayor vive aquí desde principios de los noventa. Él me lo pondría más fácil.

Me apunté a mi querido máster de Estudios Literarios en la UCM, sumando otras siglas más a mis ya recorridas UMH, UPV y UMA, y empecé a trabajar en lo que pude. Poco a poco, fui ascendiendo entre esos trabajos precarios que acostumbran los que han estudiado periodismo, hasta llegar aquí: Pandora FMS. Y aquí, aunque a veces me parezca imposible, puedo dar rienda suelta a todo lo aprendido durante años leyendo y escribiendo poesía por mi cuenta. Es lo que tiene encargarse de los contenidos, de descubridor nuevas historias, de corregir textos crípticos hasta que puedan llegar a todos los públicos. Entrenado en la hermenéutica de grandes como Góngora o Valéry es más asequible la belleza del código o la esencia de los protocolos. Y mucho más divertido aún poder explicarlo con mis palabras, atendiendo siempre al detalle y al filo bruñido de cada línea. Marketing, comunicación, redes sociales, crear artículos a cientos y asistir a todo lo relacionado con la palabra y la comunidad de Pandora FMS. Podéis probarme, estoy abierto a cualquier tipo de conversación. Me encantan las largas charlas por redes, o aquí mismo, en comentarios.

Mis amigos todavía se ríen cuando les digo que escribo para Pandora FMS artículos de divulgación tecnológica. “¿Un tipo sin Internet en el móvil y que tiene el mismo sobremesa heredado de su hermano desde el 2010, trabajando para una multinacional de tecnología?”. Pues sí, y aunque en un principio tuviera que buscar un par de veces en Google cómo se escribía la palabra “software”, paso a paso me fui ilusionando con el hecho de que, por fin, estaba trabajando en lo que se me daba bien: la comunicación. Y el hecho de que fuera totalmente desconocedor del campo en el que me metía, la tecnología, todavía me empujaba más a investigar y a sorprenderme de las maravillas que lo componen. Comencé buscando en Wikipedia qué significaba IT y acabé abriendo charlas sobre monitorización de redes, materia en la que Pandora FMS es el rey. Pero no soy el único que tiene que contar grandes relatos aquí; en nuestra oficina y más allá estamos rodeados de imperdibles anécdotas y míticos sucesos que me muero por contar, y sin duda lo haré. Prometo divertirme. Si tú también tienes una alguna anécdota relacionada con el mundo de la tecnología date por aludido y celébralo. Danos un toque y aquí, en “Monitorizando historias”, te daremos voz. Lo pasaremos bien.

Ahora sí, tras abrir la patata de esta manera, puedo señalar sin miedo quién soy de todos esos mozalbetes beatos que una vez, hace tiempo ya, se confirmaron en la Parroquia de Nuestra Señora de Los Desamparados. Espero que hayáis hecho vuestras apuestas desde el principio:

Monitorizando historias 2


Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.